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En compañia de la escritura PDF Imprimir E-Mail

Manuel Alberca

Al iniciar la tercera etapa de este recorrido por las escrituras cotidianas recordemos una irónica y provocadora confesión de Óscar Wilde: «Nunca viajo sin mi diario. Uno siempre tiene que llevar algo sensacional para leer en el tren». Más allá de la teatralidad de tío Óscar, la cita emparenta el contenido de los diarios con el escándalo y el secreto, identificando éstos con el lado más morboso y escabroso de la escritura íntima. Por eso, este panel podría parecer tal vez un acto imprudente o una indiscreción deleznable. O que los que trasmiten sus diarios y cartas personales pecan de exhibicionismo. Pero no hay tal. Trataré de explicarlo.

Preocúpate de lo que escribas, no del cómo; y aún eso, no por el escribir mismo, sino por ordenar tus pensamientos, de modo que lo que pienses lo apliques más a ti mismo y le imprimas tu sello.

Séneca, Cartas a Lucilio

No creo que los españoles tengamos todavía claro que hemos conquistado el derecho a hablar con respeto de nosotros mismos y sin sentimiento de culpa, del mismo modo que reconocemos en el ejercicio crítico de los asuntos colectivos una garantía del funcionamiento democrático de las naciones. También dudo que sepamos ver la expresión del yo sin el estigma del pecado de soberbia o del egoísmo insolidario, tan influidos estamos por la moral católica como faltos de tradición librepensadora.

Ni soberbia ni insolidaridad: conservar, archivar y dar a conocer la escritura íntima es un acto de generosidad impagable y un homenaje a la inalienable libertad del ser humano. Las personas que ceden sus escritos para que otros los leamos permiten asomarnos a un espacio invisible y reservado y resultan ejemplares, pues nos enseñan mucho de ellos, pero ayudan a que nos conozcamos a nosotros mismos. Los investigadores y coleccionistas, amén de guardar estos papeles tan frágiles, nos franquean el paso a sus mejores tesoros y aseguran la cadena comunicativa o reparan los cortocircuitos de la difusión en que a veces se pierden este tipo de textos.

Sobre la escritura íntima pesa otro prejuicio que la enfrenta a la vida, un prejuicio que de ser cierto nos obligaría a optar existencialistamente tal como el personaje sartriano de La Náusea nos conminaba: «Es preciso elegir: vivir o contar». Diaristas y corresponsales no lo comparten ni piensan que la vida y la escritura sean excluyentes, sino solidarias: se vive más intensamente con la mirada puesta en la tensión de darle sentido a lo vivido. «Vivir no es escribir -como anota Carlos Edmundo de Ory en su diario de juventud. Pero cuando escribo, vivo. O mejor: es entonces cuando de verdad vivo». O como Miguel de Unamuno remacha en un diario: «Y en el fondo ¿no es lo mismo? […]. Contar la vida, ¿no es acaso un modo, y tal vez el más profundo, de vivirla?» En definitiva, llevar un diario de manera intensa no es otra cosa que vivir dos veces lo vivido.

Los diarios y las cartas con su «serie de huellas fechadas» -Lejeune dixit- son testimonios (escritos o dibujados como se tendrá oportunidad de ver a continuación), que nos siguen hablando por encima del demoledor paso del tiempo. Levantan acta de unos hechos y de unas personas que ya se fueron. Ambas clases de escritos tienen la particularidad de apelarnos con la fuerza de su verdad y nos enseñan que pocas compañías hay más seguras y agradecidas que su escritura: nada más apropiado para sobrellevar la soledad, cuando ésta pesa, que las cartas, ni para acortar la distancia física entre los que están separados, por banal que nos pueda parecer su contenido, como las postales de Claudita o de Sinesia. Ningún ejercicio más terapéutico que escribir un diario cuando el vacío se instala dentro de nosotros, pues la escritura diarística es la mejor homeopatía para mitigar la desconexión del yo consigo mismo y los litigios con los otros, tal el fragmento del diario de autora desconocida abajo mostrado. O como una adolescente, discípula aventajada de Séneca, dejó anotado en su diario: «Mi cuaderno significa un gran consuelo para mí. Cuando me desespero, escribo lo que siento y, mira, la furia se me pasa y empiezo a ver más claramente la realidad» (Diario de Ester, 1979-1982, inédito).

Pero estos documentos nos dejan también un poso de nostalgia, incluso de melancolía. Al fin y al cabo, son el legado de un tiempo en el que escribir era un acto voluntarioso y artesanal: suponía buscar el soporte, elegir, si era posible, el instrumento adecuado, plasmar el mensaje, confiarlo al cartero o depositarlo en los folios y cuadernos, que se guardaban en lugar seguro, esperando en ambos casos que el tiempo hiciera el resto. Esta sensación nostálgica se acrecienta hoy cuando la rapidez electrónica de los fugaces y perecederos e-mails ha adelgazado la espera consustancial de escribir y recibir cartas y, por tanto, ha cambiado nuestra concepción tradicional del tiempo hasta hacerla desaparecer. Del mismo modo, los blogs se cuelgan en la red instantáneamente sin esperar el lógico ciclo de maduración. Estas nuevas circunstancias han creado una nueva sensibilidad que convierte la escritura y el paso del tiempo en un cinematográfico efecto especial.

 

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