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Memoria cotidiana de la escritura PDF Imprimir E-Mail

Antonio Castillo Gómez

'No todos ellos son personas de importancia, pero, por extraño que sea, sólo los más importantes, los duques y los estadistas, son de veras tediosos.'

Virginia Woolf: Horas en una biblioteca,
Barcelona: El Aleph, 2005, p. 17.

Si la voz de los de abajo, mujeres y hombres, casi siempre ha sido enmudecida por la palabra más sonora de quienes están arriba, qué no decir de su escritura. Es verdad que algo han pesado razones que forman parte del devenir mismo de la historia, sobre todo la más tardía y a veces incompleta alfabetización de las clases populares, sólo conseguida a partir de mediados del siglo XIX  y no en todos los lugares de la tierra, y siempre más rezagada en el caso de las mujeres por causa de la hegemonía patriarcal.

Pero eso no lo es todo. De un lado, no debe obviarse que muchos escritos personales y cotidianos, en sí mismos frágiles y efímeros, nacieron para solventar urgencias concretas, sin mayores pretensiones, sin pensar en que fueran guardados y transmitidos a las generaciones sucesivas. De otro, sería indigno esconder la marginación y desidia con la que han sido tratadas muchas escrituras de la gente común, tildadas con demasiada frecuencia de intrascendentes y banales. ¿Será porque nos hablan de una historia distinta a la oficial?

No hay razones, pues, para seguir reproduciendo tamaño despropósito e injusticia. Los archivos públicos y numerosas colecciones particulares demuestran que los testimonios escritos de la gente común existen, tan sólo es necesario buscarlos. Sus huellas se pueden rastrear desde el siglo XIV en adelante, hasta convertirse en práctica habitual de una sociedad cada vez más alfabetizada, la que emerge en la segunda mitad del siglo XIX, cuando se extiende la escuela pública y gratuita, con todos los matices y defectos que se quiera.

Para dar fe de ello basta con asomarse a los centros y colecciones integrados en la Red de Archivos e Investigadores de la Escritura Popular (RedAIEP), fundada en el año 2004 con el objetivo principal de preservar ese patrimonio, estudiarlo y ponerlo al alcance de la sociedad. En sus acervos se van reuniendo papeles encontrados aquí y allá, algunos rescatados literalmente de la basura, otros adquiridos a chamarileros o en rastros callejeros, más los legados de quienes entienden que así contribuyen a salvar el testimonio de quienes los escribieron o aprecian lo mucho que aportan a la memoria colectiva, a la historia de todos y de todas. Su contenido suministra datos, experiencias y noticias especialmente valiosas en cualquier investigación, se refiera ésta a la Escritura, la Lengua, la Historia, la Educación, la Antropología o cualquier otra rama del saber.

Con una parte representativa de esos fondos hemos hilvanado esta exposición, concebida para dar a conocer la existencia de dichos archivos y el rico patrimonio que atesoran; en el ámbito de la ciudadanía, para sensibilizar y concienciar a la sociedad en la importancia que tienen; y en el plano más académico, para destacarlos como nuevos objetos de estudio a través de los cuales podemos rescatar otras vivencias, recuperar otras palabras y escuchar otras voces, devolviéndoles la dignidad que tienen y merecen en cuanto documentos de historia.

Con ese fin hemos trazado un sencillo guión basado en las situaciones, espacios y circunstancias que más necesidad de escritura han generado entre las clases populares. El contenido específico de cada una de las secciones se explica en los textos que las introducen. El conjunto nos sitúa ante palabras escritas para anotar el fluir diario, el cotidiano escolar, los vaivenes de la adolescencia, la rutina del trabajo, los jirones del destino, la fuerza del amor, el desarraigo de una emigración forzosa, el trauma de una guerra o la inconsolable soledad de una prisión.
Escrituras que registran las cuentas de una hacienda o de un negocio, el valor de una cosecha, las angustias económicas, los nacimientos y muertes de la familia o las incertidumbres del clima, en fin todo aquello que determina el día a día de las sociedades tradicionales. Apuntes de lo inmediato apegados al discurrir ordinario, con sus ritos y sus gestos.

Escrituras, también, de la ausencia o conversaciones entre ausentes, al modo clásico, en las que se impone el deseo de mantener cauces de comunicación personal o familiar, hilos de unión en la lejanía, puentes de papel en la distancia. De ahí los millones de cartas y postales que cruzaron el océano entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX, las numerosísimas que recorrieron la geografía española durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial o las muchas que sirvieron y sirven para romper simbólicamente el aislamiento de una cárcel.

A veces estos mismos extrañamientos desencadenan un hábito de escribir más sostenido, diálogos en la soledad derramados sobre un papel convertido en la mejor medicina frente a las zozobras de la vida. Naufragios que precisan del diario como terapia o simple refugio. Escrituras invisibles situadas al otro lado del espejo. Espejos de papel donde vernos reflejados para tratar de entendernos, saber lo que pensamos o desahogar el interior asfixiante. Diarios y memorias escritos en la habitación propia o en un espacio de reclusión donde la escritura nos hace algo más libres.

En fin, páginas y fragmentos de memoria que se suman a los trazos indecisos o firmes pergeñados sobre un cuaderno escolar, allí donde comenzó la aventura escrita de muchos de nosotros y nosotras, cerrando el círculo de una trayectoria que transcurre, como la vida misma, desde la cuna a la sepultura. La escritura y la vida, que diría Jorge Semprún, unidas desde el principio al fin.

 

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